Historia de los descubrimientos
Como ya menciona en la sección del yacimiento de la Sima de los Huesos (http://www.atapuerca.tv/atapuerca/yacimiento_huesos), los primeros hallazgos de fósiles humanos se produjeron en el año 1976, en el transcurso de una corta campaña de excavación paleontológica realizada por miembros del burgalés Grupo de Espeleología Edelweiss, dirigida por el paleontólogo especialista en úrsidos fósiles, Trinidad Torres. Entre cientos de fósiles de oso los espeleólogos identificaron una mandíbula humana, cuya asociación con los restos de la especie de oso del Pleistoceno medio 'Ursus deningeri' hizo sospechar a Torres de su gran importancia. Torres mostró la mandíbula a Emiliano Aguirre, quien reconoció en ella una morfología muy arcaica, correspondiente a la humanidad que pobló Europa durante el Pleistoceno medio. En días posteriores, un examen más detallado de los fósiles recuperados en la excavación reveló la existencia de algunos restos humanos nuevos: algunos dientes, fragmentos de otras mandíbulas y algún fragmento de huesos largos y neurocráneo. Consciente de la importancia del hallazgo, Aguirre organizó un equipo interdisciplinar cuyo objetivo era el de excavar y estudiar el conjunto de yacimientos pleistocenos de la Sierra de Atapuerca. Evidentemente, el yacimiento que centraba el máximo interés era la Sima de los Huesos, de donde procedían los fósiles humanos.

A lo largo de ocho campañas de excavación, desde 1984 hasta 1991, el trabajo en la Sima de los Huesos consistió en desalojar, sin ayuda de medios mecánicos, cerca de siete toneladas de bloques de roca caliza y otras tantas de sedimentos, que fueron lavadas, tamizadas y triadas a la búsqueda de nuevos fragmentos de fósiles humanos. El total de fósiles humanos hallados de esta manera ascendió a un total de 389. A ellos había que añadir otros 54 fósiles, igualmente fragmentarios, recuperados en un pequeño sector del yacimiento en el que los niveles no alterados fueron expuestos en la primera campaña de excavación. Evidentemente, la excavación de los niveles intactos se realizó, y se sigue realizando con el mayor cuidado, siguiendo escrupulosamente el método arqueológico.

A día de hoy, aún no conocemos los límites del depósito de fósiles humanos, pero todas las evidencias apuntan a que todavía no se ha excavado más allá de un tercio de dicho depósito, por lo que es esperable que los hallazgos de fósiles humanos continúen durante muchos años.
Características morfológicas de los fósiles humanos de la Sima de los Huesos
Introducción
La muestra de la Sima de los Huesos ha permitido conocer en profundidad numerosos aspectos de aquella humanidad y comprender mejor la evolución humana en el lapso de tiempo comprendido entre los 500.000 y los 150.000 años de antigüedad. En los más de 6.000 fósiles humanos de la Sima de los Huesos, no sólo tenemos dientes y cráneos, sino que también hay huesos de las piernas, los brazos, las manos... Para algunos de los huesos del cuerpo, los fósiles de este yacimiento son los únicos que existen en el mundo pertenecientes al periodo anterior a los neandertales. A partir de este tesoro de información, los investigadores del equipo de la Sima de los Huesos han podido, a lo largo de más de tres décadas, caracterizar exhaustivamente la anatomía de todo el esqueleto de la especie humana a la que pertenece la muestra de la Sima de los Huesos. Se trata de un auténtico hito en los estudios de evolución humana, pues no hay ninguna otra especie humana fósil, ni siquiera los neandertales, de la que se tenga un conocimiento tan completo.
Morfología craneal
Comenzaremos nuestro retrato del los humanos de la Sima de los Huesos por el cráneo. Estamos reconstruyendo, a partir de fragmentos recuperados a lo largo de 30 años, más de catorce cráneos, en distintos estados de reconstrucción. Están representados individuos adultos muy grandes, como Agamenón (Cráneo 4), individuos más pequeños también adultos, como Miguelón, y muchos cráneos de individuos adolescentes. También se ha podido reconstruir las caras de algunos de ellos, con sus dientes, de modo que se empieza a tener una idea bastante precisa de la variabilidad de esta población. Los cráneos pueden ser distintos entre sí por varias fuentes de variación: de especie, de sexo y ontogenética. Una estructura puede aparecer con una forma determinada porque es un rasgo exclusivo o característico de esa especie, pero también por ser característico del sexo masculino o femenino, e incluso por tratarse de una morfología propia de un momento determinado del desarrollo del individuo. Gracias a que hay muchos individuos representados en el yacimiento de la Sima de los Huesos, el equipo de excavación ha podido interpretar los rasgos anatómicos y realizar un retrato bastante preciso de cómo eran un individuo varón, una mujer y un individuo inmaduro de la Sima de los Huesos.
Para medir los volúmenes endocraneales de los dos ejemplares adultos de la Sima de los Huesos hemos empleado tres técnicas diferentes. En primer lugar, una medición directa obtenida registrando el volumen de semillas de mijo necesario para rellenar las cavidades endocraneales de los tres cráneos. Los valores obtenidos fueron de 1.390 cc, para el Cráneo 4 y de 1.125 cc en el caso del Cráneo 5. En segundo lugar hemos realizado tomografías axiales computerizadas, cada milímetro, de los cráneos 4 y 5. Estas tomografías fueron tratadas informáticamente, obteniéndose un valor de volumen endocraneal de 1.370 cc para el Craneo 4 y de 1.091 cc en el caso del Cráneo 5. Finalmente, a partir de la reconstrucción tridimensional de las imágenes tomográficas hemos generado, mediante la técnica denominada estereolitografía, un modelo plástico del Cráneo 5 a partir del cual obtuvimos un molde endocraneal cuyo volumen medimos por inmersión en dos ocasiones, arrojando valores de 1.080 cc y 1090 cc, respectivamente.

Estas medidas de la capacidad craneal de algunos cráneos de la Sima de los Huesos se sitúan siempre por encima de los 1.000 cc, es decir, claramente por encima de los respectivos de 'Homo erectus' y 'Homo ergaster', e incluso, en algunos casos dentro del rango de nuestra propia especie. Estos cráneos aparecieron a menos de 30 cm unos del otros y, sin embargo, el Cráneo 4 y el Cráneo 5 representan el cráneo más grande y el más pequeño de los medidos hasta ahora en esta muestra fósil. Estas cifras dan una medida de la gran variabilidad que tenía, en cuanto al tamaño del encéfalo, esta humanidad.
Las paredes craneales son gruesas en la Sima de los Huesos, existen siempre prominencias sagitales (tanto frontales como parietales) más o menos desarrolladas, aunque no bregmáticas o coronales, y se observa un toro angular en el Cráneo 4, muy atenuado en el Cráneo 5, y ausente en el resto de la muestra. Estos engrosamientos sagitales y angulares son rasgos primitivos que no se encuentran entre los neandertales. Arago 47 tiene toro angular, pero no Petralona, Steinheim o Swanscombe.
En la muestra de la Sima de los Huesos, la máxima anchura neurocraneal se sitúa en posición baja, a nivel de las crestas supramastoideas. Por encima de ellas, las paredes craneales se disponen, en norma posterior, verticales o ligeramente convergentes hacia arriba. Esta morfología también se encuentra en otros fósiles europeos del Pleistoceno medio como Petralona, Swanscombe, Reilingen y Steinheim, y es intermedia entre: i) la condición primitiva de perfil pentagonal bajo y, ii) el perfil redondeado que caracteriza a los neandertales o, iii) el perfil pentagonal elevado de las poblaciones modernas.

Siguiendo con la vista lateral, es destacable que los cráneos de la Sima de los Huesos presentan un perfil posterior más redondeado que en los neandertales "clásicos", donde el cráneo se alarga de una manera característica, con un aplanamiento lambdático y proyección del plano occipital, dando lugar a una protuberancia (o “moño”), característica de los neandertales. En los Cráneos 4 y 5 de Atapuerca se aprecia una cierta convexidad del plano occipital, que aunque no tan marcada como en los neandertales, es superior a la de 'Homo erectus'.
En los occipitales de los humanos de la Sima de los Huesos destaca la morfología del torus occipital, que es recto en todas las normas y de desarrollo central en el hueso (no se extiende como tal lateralmente hasta el asterion o incluso más allá como en 'Homo erectus'). Entre los neandertales, el torus también es de desarrollo central pero está deprimido en su parte media y presenta dos salidas o proyecciones laterales. Además, por encima del torus los neandertales presentan una región deprimida y de superficie irregular, que se denomina fosa suprainíaca. En la Sima de los Huesos, sobre el torus se observa una región ovalada de superficie desigual, porosa o rugosa, que puede ser plana pero que nunca se encuentra claramente deprimida. Esta morfología de los fósiles de la Sima de los Huesos es interpretada como el estado incipiente a partir del cual se acentuó la morfología característica de los neandertales.
En la región basioccipital, cabe destacar que los Cráneos 4, 5 y 6 de la Sima de los Huesos no presentan el foramen magnum extremadamente alargado que caracteriza a los neandertales infantiles y adultos.

El esqueleto facial del Cráneo 5 resulta muy grande en relación con su neurocráneo, más que entre los neandertales, un rasgo sin duda primitivo que no se encuentra tan marcado en el caso de Petralona. El Cráneo 5 presenta también un prognatismo facial más acusado que en los neandertales. Es interesante señalar que en ambos rasgos, tamaño facial y prognatismo, Saccopastore 1 es el neandertal más próximo al cráneo de Atapuerca.
Por otra parte, el Cráneo 5 presenta una serie de rasgos asociados a lo que se denomina en los neandertales prognatismo mediofacial, o proyección de la parte media de la cara o de la región nasal. Por ejemplo, huesos nasales anchos y en posición bastante horizontal, una situación avanzada del punto subespinal y de la serie dental respecto del punto zigomaxilar y, en las mandíbulas, existencia del espacio retromolar. En los neandertales la placa o superficie infraorbitaria es convexa o totalmente plana, sin fosa canina (entendida como una depresión generalizada en la superficie infraorbitaria), orientada a mitad de camino entre sagital y coronal (la orientación coronal es la primitiva y también se encuentra entre los humanos modernos), y su borde inferior (cresta zigomático-alveolar) es recto y oblicuo en vista anterior. En el Cráneo 5, la superficie infraorbitaria es suavemente cóncava (en secciones horizontales), y su borde inferior curvado, y no recto. Es decir, que el patrón morfológico neandertal no está totalmente desarrollado en el Cráneo 5.
Aunque el Cráneo 5 carece de fosa canina, ésta existe en el más fragmentario fósil de la Sima de los Huesos AT-404. Steinheim presenta una marcada flexión maxilar (en sección horizontal), a pesar de su posible exageración postmortem, mientras que la morfología de Petralona es más neandertal que en el Cráneo 5, y ese parece también el caso de la muy deformada cara de Arago 21. Es decir, que hay variabilidad en la muestra del Pleistoceno medio europeo e incluso dentro de la Sima de los Huesos en la morfología de la cara media, con unos fósiles más derivados (en sentido neandertal) que otros.

En conjunto, los temporales de la Sima de los Huesos carecen de las especializaciones que caracterizan a la línea evolutiva de 'Homo erectus', como son el gran espesor del hueso timpánico, la extremada reducción del proceso postglenoideo (que está muy desarrollado en los ejemplares de la Sima de los Huesos) y la ausencia de apófisis estiloides, fusionada al basicráneo (esta apófisis aparece osificada en todos ejemplares de la Sima de los Huesos que conservan esta región).
Por otra parte, en los temporales de la Sima de los Huesos tampoco se observan algunas de las características derivadas de las poblaciones neandertales. Así, ningún ejemplar de la Sima de los Huesos presenta tubérculo mastoideo anterior en la región antero-lateral de la apófisis mastoides y, además, en los ejemplares adultos de la muestra de la Sima de los Huesos, las apófisis mastoides están bien desarrolladas, tanto en robustez como en proyección desde la base del cráneo, mientras que en los individuos inmaduros el proceso mastoideo está mucho menos desarrollado y no sobrepasa en proyección a la región occipitomastoidea. Este patrón de desarrollo es el mismo que se encuentra entre las poblaciones humanas modernas, mientras que los neandertales "clásicos" se caracterizan por presentar adultos con escasa proyección del proceso mastoideo, que no suele sobrepasar a la región occipitomastoidea adyacente. La morfología mastoidea de los neandertales adultos puede explicarse como retención de un carácter juvenil. La pared anterior de la cavidad glenoidea de los temporales de la Sima de los Huesos está tendida hacia adelante, lo que es un rasgo típico de los neandertales y de otros fósiles europeos del Pleistoceno medio como Steinheim, Petralona, y Bilzingzleben. Éste es un rasgo derivado de las poblaciones europeas del Pleistoceno medio y de los neandertales.
Características de la dentición
El rasgo más conspicuo de la muestra de dientes de la Sima de los Huesos es la relación de tamaño entre la dentición anterior (en la que además de los incisivos y el canino incluimos al primer premolar) y la dentición posterior (segundo premolar y serie molar), que presenta un valor extremo en la variabilidad observada en homínidos. Mientras que la dentición anterior muestra un tamaño comparable a la de otras poblaciones europeas del Pleistoceno medio y los neandertales, el segmento posterior alcanza un grado de reducción muy marcado, casi idéntico al de las poblaciones modernas, que se podría interpretar como un caso de paralelismo con dichas poblaciones. La reducción de los dientes posteriores de la Sima de los Huesos implica la presencia de una serie molar decreciente en varios individuos, así como la reducción o ausencia del hipoconúlido e hipocono en buena parte de los segundos y terceros molares inferiores y superiores, respectivamente.

Las mandíbulas
Uno de los huesos mejor representados en este yacimiento es la mandíbula, las cuales se encuentran en un estado de conservación muy bueno. Muchas de ellas han aparecido con algunos de sus dientes incluidos dentro de sus alveolos y, en otros casos, se han podido asociar a ellas algunos de los dientes que han ido apareciendo. En la muestra de la Sima de los Huesos, han parecido mandíbulas muy robustas junto con otras muy pequeñas y algunas de tamaño intermedio, que hacen difícil determinar si pertenecieron a individuos femeninos grandes o a varones pequeños. Como el resto de todas las mandíbulas fósiles, es decir, exceptuando las de nuestra especie, las mandíbulas de la Sima de los Huesos carecen de mentón, la protuberancia que forma nuestra barbilla. Además, tienen el foramen mandibular situado a la altura del primer molar y muchas de ellas presentan espacio retromolar, como los neandertales.
El esqueleto postcraneal

Por otro lado, las vértebras se encuentran, junto con los restos faciales y las falanges, entre los huesos más frágiles del esqueleto. A pesar de ello, el extraordinario estado de conservación de los fósiles de la Sima de los Huesos ha permitido rescatar más de 75 elementos vertebrales, siendo las cervicales las más abundantes hasta la fecha. La comparación de estos fósiles con las vértebras de nuestra especie ha puesto de manifiesto que son muy parecidas en cuanto al tamaño. Sin embargo, en algunos rasgos, tanto métricos como morfológicos, las vértebras de los homínidos de la Sima de los Huesos presentan mayor similitud con las vértebras de individuos neandertales que con las vértebras humanas modernas. Entre las asociaciones de vértebras que se han podido establecer, una destaca sobre las demás: durante los últimos 14 años el equipo de excavación ha rescatado, reconstruido y asociado las siete vértebras cervicales que componen el cuello de Miguelón. Gracias a ello, se pudieron exhibir al público, por primera vez, en la exposición de “Atapuerca y la Evolución Humana” a su paso por el Museo Arqueológico Nacional en Madrid, en diciembre de 2005.
Número mínimo de individuos
En las investigaciones paleontológicas es práctica común tratar de averiguar el número mínimo de individuos (NMI) de una cierta especie representados en un conjunto de restos fósiles. Si deseamos saber el NMI de una especie de vertebrado, debemos proceder al recuento del hueso que aparece un mayor número de veces en la muestra. Como la mayor parte de los huesos son pares, contabilizamos bien los elementos del lado izquierdo, bien los del lado derecho. Sin embargo, la enorme importancia del registro fósil de homínidos de la Sima de los Huesos merece el esfuerzo de una investigación más profunda para intentar saber el número total de seres humanos representados en la muestra. ¿Cómo saber ese número? Antes de responder a esta pregunta, sepamos un poco más sobre los procesos que suceden desde que un animal muere hasta que alguno de sus restos acaba siendo registrado por arqueólogos y paleontólogos.
La estructura, el tamaño y la forma son factores esenciales que influyen sobre los huesos a la hora de resistir mejor los procesos tafonómicos. Una vez incluidos en las capas sedimentarias, los huesos quedan sometidos a diversos procesos biológicos y geológicos, que afectan a la conservación o degradación de los mismos. Las condiciones anteriormente comentadas, hacen que algunas partes del esqueleto, como la mandíbula, el occipital o el fémur, aparezcan mejor representadas que otras, en las colecciones de fósiles recuperadas tras un riguroso proceso de excavación.
Otro factor esencial para la durabilidad de los restos orgánicos es su dureza. Así, el esmalte y la dentina de los dientes son las sustancias más resistentes del esqueleto de los mamíferos. El 97% y el 75% del esmalte y de la dentina, respectivamente, es material inorgánico en forma de cristales de fosfato cálcico (apatita). No es de extrañar, por consiguiente, que las colecciones de fósiles de mamíferos estén constituidas por un elevado número de piezas dentarias, bien aisladas, bien incluidas en la mandíbula y el maxilar. La elevada dureza de los dientes y la sólida estructura de la mandíbula es una combinación muy ventajosa que explica la alta frecuencia de estos elementos en el registro fósil de mamíferos.
Debido a lo expuesto anteriormente, se seleccionan aquellos fósiles que se conservan en mayor número. Así, cada mandíbula (con o sin dientes in-situ) representa a un individuo. Puesto que los dientes se acomodan bien únicamente en su propio alveolo, procederemos en primer lugar a encajar el mayor número posible de piezas en los alveolos de los maxilares y mandíbulas disponibles.

Y aún es posible afinar un poco más. Los dientes de arriba se pasan el día chocando con los de abajo, y lo hacen siempre en el mismo sitio. El acto mecánico de masticar va dejando su rastro con el paso del tiempo. Estas marcas son las “facetas de desgaste”, que aparecen sobre la superficie de los dientes. Procediendo sistemáticamente de este modo con toda la colección, y cruzando todos los datos, al final se amplía la muestra que permite determinar el número de homínidos que, al menos, representan todos los dientes que se han encontrado.
Utilizando todos estos métodos sabemos que el conjunto de fósiles humanos de la Sima de los Huesos corresponde a un mínimo de 28 individuos. En esta "familia" hay un niño, 13 adolescentes de entre 10 y 16/17 años, 7 adultos de entre 17/18 y 24/25 años y 7 adultos de más de 25/26 años, de los que solo tres habrían superado los 35 años, pero no tendrían más de 40/45 años. Entre estos últimos podría estar el individuo representado por la Pelvis 1. La superficie de la sínfisis púbica y de las facetas de articulación entre los coxales y el sacro indican una edad de muerte superior a los 45 años. Otro individuo de la Sima de los Huesos, del que se conserva su pubis, podría haber superado también los 45 años de edad.
Los humanos de la Sima de los Huesos, tal como eran
Las diferencias que existen entre los hombres y mujeres de nuestra especie se manifiestan a través de los caracteres sexuales primarios y secundarios. Estos rasgos, generalmente externos, son apreciables en los individuos vivos porque están constituidos por tejido blando. El resto de las diferencias que existen entre los varones y las hembras se manifiestan, sobre todo, como diferencias de tamaño y robustez. Sin embargo, algunas diferencias entre hombres y mujeres (lo que se conoce como dimorfismo sexual) dejan su rastro en el esqueleto, en los huesos. La mayor parte de esas diferencias se refieren, como ya se ha comentado, al tamaño. Los varones tienen, en general, los huesos más largos, más anchos y con las inserciones musculares más marcadas que las hembras. Pero además existen, en determinados huesos, auténticas “marcas sexuales”. Por ejemplo, en los huesos que conforman la pelvis, se encuentran la mayor cantidad de diferencias entre ambos sexos. Es lógico, teniendo en cuenta que es una estructura anatómica directamente relacionada con un acto fisiológico exclusivamente femenino, como es el de dar a luz. Por eso, los huesos púbicos de las mujeres son mucho más largos que los de los varones, para conformar un hueco suficientemente grande que permita el paso de la cabeza del niño durante el parto.

Por otro lado, el grado de dimorfismo sexual es una de las principales variables que se relacionan con el comportamiento social de los primates. Como se ha comentado anteriormente, en el grupo de los homínidos el dimorfismo sexual se expresa sobre todo en términos de peso corporal: los machos son más pesados (grandes) que las hembras. En los primeros homínidos estas diferencias de tamaño eran tan marcadas como en el caso de los gorilas, entre los que los machos casi doblan en tamaño a las hembras (esto es: pesan casi el doble). En la especie humana actual los tamaños de mujeres y varones están mucho más próximos y los varones sólo son, en promedio, un diez por ciento mayores que las mujeres. No se conocía cómo se había reducido, en nuestra evolución, el grado de dimorfismo sexual y distintos autores mantenían opiniones contrapuestas.
La extraordinaria muestra de fósiles humanos de la Sima de los Huesos, que incluye muchos huesos muy relacionados con el peso corporal (como, por ejemplo, los fémures, los huesos de los pies, o la pelvis) ha permitido realizar un complejo análisis estadístico cuyos resultados son muy claros y, relativamente sorprendentes: el grado de dimorfismo sexual en la población de los humanos representados en la muestra de la Sima de los Huesos era similar al que presenta una población humana actual.
Puesto que las diferencias de tamaño entre los dos sexos eran equivalentes a las existentes en la humanidad actual, basta con conocer la estatura y tamaño corporal de uno de los sexos para tener también caracterizado al otro. Para este propósito, el estudio de la Pelvis 1 ha resultado trascendental. En primer lugar, ha sido posible determinar que el individuo representado por la Pelvis 1 fue un varón, debido a la morfología del pubis, el estrecho superior de forma triangular, la escotadura isquiática estrecha y la posición adelantada de la articulación del coxal con el sacro.
Por otra parte, a partir de varios fragmentos de fémur que parecen pertenecer al mismo individuo de la Pelvis 1, hemos podido estimar su estatura en alrededor de 175 cm. Este valor es similar a la media de los individuos masculinos de una población actual y ligeramente superior a la media de estatura de los neandertales.

El conocimiento del peso corporal de los humanos de la Sima de los Huesos constituye la llave para afrontar otro de los aspectos de gran interés en los estudios de evolución humana: su grado de encefalización, o la relación existente entre el tamaño del encéfalo y el peso corporal. Como ya hemos visto anteriormente, conocemos con gran precisión el volumen encefálico en dos individuos adultos de la muestra (Cráneo 4 y Cráneo 5) a partir del cual es muy fácil estimar sus respectivos pesos encefálicos. Aunque el tamaño promedio del encéfalo de esta población es sólo ligeramente inferior al correspondiente a las poblaciones modernas, su mayor tamaño corporal determina que el grado de encefalización de estos humanos del Pleistoceno medio fuera netamente inferior que el de los humanos modernos. Aún más interesante resulta el hecho de que el grado de encefalización de las poblaciones humanas del Pleistoceno medio fuera también claramente inferior al de sus descendientes, las poblaciones neandertales. Puesto que humanos del Pleistoceno medio y neandertales tuvieron tamaños corporales semejantes, la diferencia en el grado de encefalización delata un auténtico aumento en esta variable a lo largo de la evolución de los neandertales. Algo que muchos autores no reconocían como probado hasta la evidencia de la Sima de los Huesos.
Otro de los temas clave que pueden ser analizados en una cadera es el de establecer la mecánica del parto. Aunque, como ya hemos visto, la Pelvis 1 de la Sima de los Huesos pertenece a un individuo masculino, en este mismo yacimiento se han encontrado fragmentos de coxales femeninos. Su comparación nos permite saber que las diferencias de forma entre las pelvis masculinas y femeninas en los humanos de la Sima de los Huesos también era similar a la que se encuentra en poblaciones actuales, lo que nos faculta para reconstruir la forma que tendría una pelvis femenina del Pleistoceno medio. En la actualidad las mujeres tienen un canal pélvico, o canal del parto, de mayor tamaño que el de los hombres y sería prácticamente imposible que un individuo masculino actual diese a luz con éxito. Sin embargo, el canal pélvico del individuo de la Sima de los Huesos es tan grande que por él podría pasar sin dificultad la cabeza de un feto actual. Teniendo en cuenta la gran anchura de la Pelvis 1 no es difícil concluir que las mujeres del Pleistoceno medio tendrían un canal pélvico mayor que el de las mujeres actuales. Si a ello añadimos que los recién nacidos vendrían al mundo con una cabeza de menor tamaño que los niños actuales, cabe concluir que el parto sería más holgado y menos dificultoso que en la actualidad. Sin embargo, la fisiología y mecánica del parto en el Pleistoceno medio sería muy similar, porque la forma en espiral del canal pélvico y la posición de la vagina son iguales a las actuales y por lo tanto la cabeza del feto a término también efectuaría una doble rotación interna y su salida sería ventral y no posterior como en otros primates.
Salud y enfermedad

Uno de los indicadores más interesantes de la salud y en general de la calidad de vida de las poblaciones pretéritas es la denominada hipoplasia del esmalte. Se trata de una anomalía o deficiencia en el proceso de mineralización del esmalte, o amelogénesis, que se manifiesta como una zona deprimida en el esmalte de la corona, generalmente visible a simple vista.
La hipoplasia del esmalte se considera una evidencia de estrés no específico ocurrido durante el desarrollo, que se asocia a problemas serios de malnutrición, determinadas enfermedades, infecciones y traumas. En general, una mayor prevalencia de casos de hipoplasia del esmalte en la población indica una peor calidad de vida, en la que un tipo de dieta monótono, bajo calorías, pobre en proteínas de origen animal, y falto de ciertas vitaminas y minerales determina una salud deficiente. La anchura y profundidad de las zonas afectadas por la hipoplasia del esmalte nos informa de la intensidad del estrés sufrido por el niño durante su desarrollo. Puesto que se conoce el tiempo inicial y final de formación de las coronas de los dientes, así como la duración total del proceso, la posición de la hipoplasia nos permite conocer con relativa facilidad el momento aproximado en el que se produjo cada episodio de estrés.
El estudio de la muestra de 22 caninos inferiores (21 permanentes y uno deciduo) recuperados en la Sima de los Huesos es suficientemente amplia para conocer la prevalencia de hipoplasia del esmalte en la población de niños de hasta cinco años y medio. Estos dientes pertenecen a un total de 17 individuos, de los que tan sólo cinco individuos presentan una hipoplasia del esmalte de cierta severidad, lo que supone un porcentaje de algo menos del 30% para la prevalencia de esta lesión en la población de niños de menos de cinco años y medio. Este porcentaje es menor que el observado en una amplia muestra de Neandertales (46,5%), y mucho menor que el obtenido en ciertas poblaciones de 'H. sapiens' de épocas diversas, incluidas algunas del siglo pasado con un cierto desarrollo industrial.
Es interesante destacar que la mayor parte de los episodios de estrés detectados en la muestra de la Sima de los Huesos, ocurrieron en un periodo muy concreto de la niñez. En efecto, la mayoría de las líneas, surcos y bandas de hipoplasia se producían a partir de los tres años y hasta los cuatro años y medio. Este tópico de máxima frecuencia de los casos de hipoplasia se ha observado en todas las poblaciones estudiadas, aunque su momento de aparición es variable. Así, en Neandertales el pico de máxima frecuencia coincide con el de la Sima de los Huesos (3,5 años), mientras que en poblaciones modernas históricas ese máximo suele aparecer antes, entre uno y tres años. Se ha sugerido que el pico de máxima frecuencia de aparición de la hipoplasia del esmalte puede estar relacionado con la época de destete de los niños; es decir, con el periodo en el que se produce una reducción gradual de la leche materna y la progresiva introducción de nuevos alimentos en la dieta.
Uno de los aspectos más interesantes sobre la salud de la población de la Sima de los Huesos es su preocupación por la higiene dental. En efecto, en el cuello de numerosos premolares y molares de la colección se ha observado la presencia de unos surcos de desgaste producidos por el paso habitual de un objeto duro entre las piezas dentales. El uso de esos "palillos" tendría la misión de limpiar los espacios interdentales, pero quizás pudo tener también un propósito terapeútico. En efecto, los surcos solamente están presentes en aquellos individuos con cierto grado de denudación de la raíz de los dientes; es decir, en aquellos individuos en los que se produce una pérdida de hueso alveolar, bien de manera normal a partir de cierta edad, bien por enfermedad periodontal. Este fenómeno conduce a la apertura de los espacios interdentales. Pequeños fragmentos de alimentos sólidos se alojan fácilmente en estos espacios, produciendo molestias más o menos dolorosas, cuando el individuo padece de enfermedad periodontal. Si el alimento lleva además partículas duras y abrasivas, algo que debió ser muy común en poblaciones de homínidos que carecían de higiene, se podía producir una abrasión que aceleraría el proceso de formación de los surcos de desgaste. Esta práctica profiláctica se encuentra entre las más antiguas de las que se tiene noticia.
Por otro lado sabemos que los habitantes de la Sierra de Atapuerca no eran zurdos. Usaban mucho sus dientes anteriores como herramienta, casi como una tercera mano. El desgaste era enorme, hasta tal punto que en la treintena ya habían desgastado la corona. Probablemente utilizaban sus quijadas para sujetar cosas, así como para comer vegetales sin cocinar. Esto suponía una dura carga sobre la articulación de la mandíbula, lo que podría explicar la artrosis temporomandibular, una enfermedad asociada al fuerte desgaste de los dientes.
En cualquier caso, dejando aparte los golpes y las infecciones, que se cobraron su tributo, aquellos pobladores pleistocenos gozaban de un nivel de salud alto. No se conservan fracturas o evidencias de grandes traumatismos en brazos o piernas, y tampoco de graves enfermedades. En definitiva, y de acuerdo con los datos disponibles, podemos afirmar que la población representada por la muestra de homínidos de la Sima de los Huesos tuvo una aceptable dieta y calidad de vida, en comparación con ciertos grupos humanos recientes de economías basadas en la agricultura y con un cierto nivel de industrialización.
Los fósiles humanos de Atapuerca en el panorama de la evolución humana

Nuestro análisis filogenético de los fósiles de la Sima de los Huesos nos ha llevado a concluir que: i) todos los fósiles europeos del Pleistoceno medio (Mauer, Steinheim, Petralona, Arago, Swanscombe o la Sima de los Huesos, entre otros) corresponden a un mismo stock evolutivo; ii) que únicamente en dichos fósiles europeos del Pleistoceno medio se encuentran rasgos derivados compartidos con los neandertales. En otras palabras, las poblaciones humanas del Pleistoceno medio de Europa, y sólo ellas, fueron las antecesores de los neandertales, pero en ningún caso de los humanos modernos.
Ante estas conclusiones caben dos opciones. Si se considera que 'H. heidelbergensis' es la especie antecesora común de los neandertales y de los humanos modernos deberíamos entonces excluir de la especie a los fósiles europeos del Pleistoceno medio (que sólo son antecesores de los neandertales). Esto no es posible, porque 'H. heidelbergensis' fue definida a partir de un fósil europeo, la mandíbula de Mauer, que dio nombre a la especie. La segunda opción es considerar que 'H. heidelbergensis' es una cronoespecie del linaje evolutivo 'H. heidelbergensis'/'H. neanderthalensis' (o incluso una subespecie: 'H. neanderthalensis heidelbergensis') y buscar entonces una alternativa para el antecesor común de este linaje y el de los humanos modernos. 'Homo antecessor' bien podría ser ese candidato.

De este modo nuestra hipótesis de relaciones filogenéticas defiende que los linajes de los neandertales y la humanidad actual ya estaban separados en el Pleistoceno medio. En consecuencia proponemos que los fósiles europeos y africanos de este periodo sean nombrados de manera separada: como 'Homo heidelbergensis', los primeros, y como 'Homo rhodesiensis' los segundos. Bien entendido que esta distinción específica atiende a criterios meramente filogenéticos y no implica que los representantes de ambos linajes (por lo demás todavía muy parecidos morfológicamente) no pertenecieran aún a la misma especie biológica y que, incluso, pudieran intercambiar genes ocasionalmente. Nuestra hipótesis filogenética asigna a la especie 'Homo antecessor' el lugar de último antepasado común de las estirpes de neandertal ('Homo neanderthalensis') y humanos actuales ('Homo sapiens').

Por otra parte, en 1994 fue hallada en la región de Campogrande, no lejos de Roma, la calvaria de Ceprano, un fósil cuya antigüedad ha sido establecida por correlación con la estratigrafía regional entre hace 800.000 y 900.000 años. Este resto craneal perteneció a un individuo adulto, muy robusto y con una capacidad craneal elevada, superior a 1100 cc. El análisis realizado sobre este fósil ha llevado a sus autores a unas conclusiones prácticamente idénticas a las nuestras, y a contemplar su inclusión en 'Homo antecessor' como muy plausible.
Desarrollo y edad de muerte
Los estudios realizados por el equipo de investigación sobre los fósiles de los homínidos de la Sima de los Huesos permiten hoy en día conocer muchos aspectos de la biología de esta humanidad extinta. Entre otras cosas, se conoce bastante acerca de cómo crecían. Se han aplicado los criterios que se conocen sobre nuestra propia especie y, cuando ha resultado necesario, también los factores de corrección pertinentes.
Los humanos modernos tenemos un desarrollo lento, alcanzamos la madurez sexual muy tardíamente y tenemos una amplia esperanza de vida, comparados con nuestros parientes más próximos, los chimpancés. En nuestra especie, el periodo de desarrollo se prolonga hasta los veinte años, es decir, crecemos durante casi el doble de tiempo que los grandes primates antropomorfos (chimpancés, gorilas y orangutanes). Además, en nuestros “parientes” el desarrollo es lineal, y no presenta momentos de aceleración como ocurre en nuestra especie.
La vida de un individuo de nuestra especie, el 'Homo sapiens', puede dividirse en cuatro etapas que coinciden con la erupción de las piezas dentales. La primera infancia finaliza con la erupción de la primera muela definitiva; en este periodo las crías tienen una fuerte dependencia de sus madres. La segunda infancia se prolonga hasta la erupción del segundo molar. La tercera etapa es la pubertad, que dura hasta la emergencia del tercer molar. Con el tercer molar se inicia la vida adulta, aunque el esqueleto tarda un poco más en completar su desarrollo.
En los fósiles que conservan dientes es posible conocer el estado de desarrollo a partir de la secuencia de erupción dental de cada dentatura, pero también es necesario saber el ritmo al que crecían, para poder valorar si tienen un crecimiento rápido como los antropomorfos o lento como los humanos. Existen nuevas técnicas de análisis de la estructura dental que permiten saber cuál es la edad que tenía un homínido inmaduro cuando murió. El esmalte de los dientes se deposita por capas a un ritmo aproximado de una capa cada 9 días y que están separadas entre sí por unas estrías llamadas líneas de Retzius. El número de líneas de Retzius se puede contar, y saber la edad de muerte con bastante seguridad en los individuos más jóvenes.
Para los individuos que han completado el crecimiento de sus dientes, o de los que están representados por otras partes del esqueleto, como se detallará, tenemos que aplicar técnicas menos precisas, como el desgaste dental, el tamaño y la forma de los huesos, o el grado de epifisación de los mismos.

El tamaño del cerebro está muy correlacionado con la longevidad y con la duración de las diferentes etapas de la vida. El cráneo de WT 15000 tiene una capacidad craneal intermedia entre la de los chimpancés y la de los seres humanos, y podríamos suponer que el ritmo de desarrollo también sería intermedio; entonces el chico del Turkana habría muerto más o menos a los 11 años. Lo cierto es que aún no se conoce qué tipo de crecimiento tendría el 'Homo ergaster' exactamente. Un tipo de desarrollo similar al de los humanos, lento y prolongado, estaría relacionado con la necesidad de desarrollar el cerebro y, a su vez, con la emergencia de la cultura y el lenguaje. Un largo periodo de desarrollo supone también un aumento en el periodo de aprendizaje. De modo que otros datos, como el aumento de talla corporal y del encéfalo, junto con la asociación de esta especie a una tecnología más elaborada, conocida como el Achelense o Modo 2, apuntan a que su desarrollo era más parecido al nuestro que al de los chimpancés. Habrá que esperar a que las técnicas existentes sean capaces de afinar más o que aparezcan nuevos datos para poder asegurar cuántos años tenía el chico de Nariokotome cuando murió. Pero ésta es otra historia.
Volviendo a los homínidos de la Sima de los Huesos, se sabe que cronológicamente están mucho más cerca de nosotros que el 'Homo ergaster'. Así mismo, el ritmo de la deposición de las capas del esmalte de sus dientes es más parecido al nuestra que al de los chimpancés. Para calcular la edad a la que murió un individuo de la especie a la que pertenecen los fósiles de la Sima de los Huesos se utilizan las mismas tablas que sirven para estudiar la secuencia de erupción dentaria en nuestra especie. Pero, como ya se comentaba, aquí también ha habido que aplicar factores de corrección, porque esta humanidad tenía ligeramente acelerado su proceso de erupción dentaria, y también los desgastaban más rápido que la mayoría de las poblaciones actuales (ver más abajo).
La epifisación es el proceso mediante el cual se van uniendo entre sí las distintas partes que, finalmente, forman un único hueso. El crecimiento se completa cuando todos los huesos han terminado de fusionar todas sus regiones, y este proceso, en nuestra especie, suele ocurrir entre los 20 y 25 años. Es fácil imaginar que el fémur de un niño de 5 años no es del mismo tamaño que el de un niño de 12 años o que el de un adulto. Del mismo modo, la forma de un hueso también va cambiando con la edad, hasta alcanzar la morfología del adulto, entre los 18 y los 25 años en nuestra especie, según el hueso de que se trate. Esto no quiere decir que, una vez alcanzado el estado adulto, los huesos ya no cambien, sólo que han terminado su crecimiento. A partir de ese momento, los cambios que se observen podrán ser interpretados como consecuencia del uso continuado y/o de las posibles enfermedades que les aquejaron.

Según todos estos datos, los fósiles humanos de la Sima de los Huesos representan a 28 individuos que murieron cuando tenían entre 5 y más de 35 años.
Origen de la acumulación

A nuestro juicio, la acumulación de los restos de los osos se debió a que la Sima actuó como una trampa natural para estos animales durante los periodos de hibernación. Este es un fenómeno relativamente frecuente y se conocen ejemplos de acumulaciones de osos pardos actuales ('Ursus arctos') y de osos de las cavernas ('Ursus spelaeus') al pie de simas. La presencia de otros carnívoros también admite una explicación similar: no es difícil de imaginar que el olor de la carroña de los osos caídos a la Sima pudiera atraer a otros carnívoros, algunos de los cuales cayeron accidentalmente al interior de esta trampa natural.
Sin embargo, la explicación de la acumulación de restos humanos en este yacimiento es más problemática. En primer lugar, los análisis de representación de partes esqueléticas realizados sobre la colección de fósiles humanos indican que se encuentran representadas todas las regiones del esqueleto, lo que significa que la acumulación original consistía en cadáveres y no en huesos aislados. Por otra parte, la ausencia total de presas y de industria lítica (ver más adelante) indica que tampoco se trata de un lugar de habitación.
A nuestro juicio, estos datos apuntan claramente hacia un origen antrópico para la acumulación de restos humanos. En este contexto, es especialmente relevante el hallazgo, acaecido en la campaña de excavación de 1998, de una pieza de industria lítica, el único descubrimiento de esta índole realizado a lo largo de 19 campañas de excavación, entre decenas de miles de fósiles de fauna y humanos. Se trata de un hacha de piedra, el elemento más emblemático del complejo tecnocultural achelense. Este bifaz (nombrado como Excalibur en recuerdo de la espada mágica del Rey Arturo), es uno de los pocos recuperados hasta la fecha en cualquiera de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca, en los que este tipo de artefactos son muy poco frecuentes. Además, subraya la naturaleza singular de este hallazgo el hecho de que esté labrado sobre un tipo de roca también muy poco común en los yacimientos de Atapuerca: una cuarcita de color rojo.
Si los descubrimientos e investigaciones futuras contribuyen a fortalecer nuestra hipótesis sobre el origen intencional de la acumulación de cadáveres humanos en la Sima de los Huesos, estaríamos en presencia de uno de los mayores descubrimientos realizados en Atapuerca: el más antiguo testimonio de un comportamiento funerario, y por tanto simbólico, de la historia de la humanidad.